COLUMNA
La Tijera, traje a su medida
La ciudad que se construyó alrededor de una plaza
Por Arturo Emilio Pimentel Báez
Córdoba, ciudad de lluvia y cafetales,
de verdes montañas y caminos,
eres memoria, presente y esperanza,
eres la casa de nuestros destinos.
Hay ciudades que pueden leerse en sus calles. Córdoba es una de ellas. Antes de que las avenidas tuvieran números y las calles adoptaran la nomenclatura que hoy conocemos, la ciudad fue creciendo sobre una traza que revela la visión de sus fundadores y, también, las necesidades de una sociedad colonial que encontró en el espacio urbano el escenario de su vida política, económica, religiosa y social.
La traza de la ciudad. Los fundadores de la villa de Córdoba tuvieron una concepción urbanística que, para su tiempo, resulta notable. La ciudad fue organizada mediante una disposición reticular: calles amplias y rectas, articuladas alrededor de una plaza central y de espacios abiertos destinados a ordenar la vida colectiva. No era solamente una cuestión estética. La traza urbana respondía a una forma de entender el poder y la convivencia. La plaza, las casas reales y la iglesia constituían el núcleo desde el cual se organizaba la vida de la villa.
Desde 1618, algunas de las calles recibieron los nombres de quienes participaron en la fundación: los Arévalo, los Illescas, los Miranda y los Brito. Otras tomaron su denominación de las actividades, establecimientos o lugares con los que estuvieron relacionadas: la Alhóndiga, la Aduana, el Estanco, la Asturiana, la Parragosa, la vía Zarzábal, San Miguel, San Juan Coscomatepec y Amatlán de los Reyes. La nomenclatura, como suele ocurrir en las ciudades, fue cambiando conforme cambiaba la sociedad.
Hacia 1780 las autoridades consideraron conveniente modificarla. La actual avenida uno fue identificado como Calle Real, mientras las demás calles y avenidas recibieron nombres distintos de acuerdo con su orientación y con los lugares, santos o actividades que las caracterizaban.
La actual calle 3, por ejemplo, recibió al norte el nombre de Carnicería y al sur el de Las Estaciones. La calle 5 fue San Fernando y San Cayetano; la 7, Santa Úrsula y de los Terrenos; la 9, del Águila y de la Luna. La calle 11 fue del Lucero y Amatlán. Las calles 13 y 15, más breves en su extensión, fueron conocidas como de la Loma y Muñoz. Algo semejante ocurrió con las avenidas. La actual avenida 2 fue San Toribio y Santa Gertrudis; la 4, Santa Polonia y San Francisco; la 6, San Isidro, y la 8, San Miguel.
El censo de 1791 volvió a registrar una nomenclatura distinta. Aparecieron entonces nombres como El Matadero y El Ángel; Guadalupe y San Javier; San Antonio y La Concepción; San Juan y Santo Cristo; San Sebastián y La Lagunilla; Santa Teresa y San Gabriel; La Virgen de la Soledad; Los Dolores y El Clavel; La Estrella y Paso del Perejil; Palotal y San Rafael; La Cumbre y Santa Ana; Naranjo y San Ramón; Temor a Dios y Sol; La Cuesta e Indio; Real de San José y Las Palmas.
La larga sucesión de nombres no es una simple curiosidad histórica. Es el testimonio de una ciudad que fue modificándose conforme cambiaban sus habitantes, sus actividades y sus referencias culturales. Con la consumación de la Independencia, en 1821, comenzó nuevamente la transformación de la nomenclatura urbana. La ciudad dejó atrás, poco a poco, buena parte de las denominaciones coloniales y adoptó otras acordes con la nueva realidad política.
La Córdoba contemporánea conserva la traza fundamental de aquella villa. Han cambiado los nombres, las edificaciones, las dimensiones y las necesidades urbanas; pero permanece, en buena medida, la estructura original de una ciudad que nació ordenada alrededor de un centro. Y aquí aparece una primera lección para el presente: una ciudad no crece solamente sumando calles y edificios. También construye memoria.
La plaza de Córdoba: el corazón de la ciudad. Hoy la conocemos como Parque 21 de mayo. En los primeros tiempos de la villa fue, sencillamente, la plaza. Su importancia difícilmente puede exagerarse. Con una forma octagonal y una extensión de aproximadamente 50 varas por lado, la plaza constituía el centro geográfico y social de Córdoba. Era el punto de tránsito entre las casas reales, donde sesionaba el cabildo secular, y la iglesia. Era lugar de encuentro, de comercio, de pregones, de celebraciones religiosas y de manifestaciones públicas.
En torno suyo se concentraban los poderes de la villa: la Iglesia y las casas reales, en las que también se encontraba la cárcel. La plaza era, por tanto, mucho más que un espacio abierto. Era el escenario donde el poder se hacía visible. Allí se convocaba a la milicia cuando era necesario acudir en defensa del Puerto de Veracruz frente a las incursiones de invasores. Allí se pasaba revista a las tropas ante la mirada de los habitantes.
Para la población debió ser, además de un acto militar, un espectáculo público. En los bajos de las casas reales se leían los edictos. Un esclavo negro, acompañado por el sonido de un tambor, recorría el espacio durante el mes de enero para anunciar, durante treinta días, el concurso para el abasto de carne. En una de las esquinas funcionaba el tendajón donde se expendía ese producto.
La plaza era, en consecuencia, el lugar donde se encontraban los distintos grupos que componían aquella sociedad. Indios, mestizos y afromestizos acudían para vender, comprar e intercambiar mercancías. Los domingos, cajones y tenderetes ocupaban el espacio.
Llegaban productos de los pueblos vecinos: gallinas y frutos procedentes de Amatlán de los Reyes; pan de Tomatlán; pescado fresco de Santiago Huatusco, y telas de elaboración doméstica provenientes de Zongolica.
La plaza era mercado, pero también era fiesta. En ella se celebraban acontecimientos religiosos, juras de gobernantes y corridas de toros. Durante la celebración anual de la Inmaculada Concepción, el responsable del abasto de carne debía donar el toro para la corrida. Era, en suma, el lugar donde la sociedad cordobesa se reconocía a sí misma. Pero aquella Córdoba estaba lejos de ser una ciudad perfecta. Las casas reales padecían una construcción precaria.
Con frecuencia era necesario sustituir vigas y reparar la arquería de madera. Las fugas de reos constituían un problema recurrente y las reparaciones representaban una carga constante para las finanzas del cabildo.
El 21 de marzo de 1788, por ejemplo, se registró la fuga de varios reos. Dos años después, en 1790, un terremoto provocaría daños todavía mayores. La ciudad enfrentaba también las dificultades propias de su clima. Córdoba podía presumir de alumbrado, empedrado y agua corriente en las inmediaciones de la plaza, pero las lluvias convertían sus calles en auténticos obstáculos para la circulación.
Los habitantes encontraron una solución práctica: colocaban piedras grandes o tarjas en los desniveles para facilitar el paso mientras el agua corría por debajo. Era una ciudad que resolvía sus problemas con los recursos disponibles. A lo largo del siglo XVIII fueron apareciendo otras iglesias y plazas. Algunas han sobrevivido hasta nuestros días, entre ellas las vinculadas con San Antonio y San Sebastián. Los barrios de población indígena tuvieron también sus propios templos: San José, al noreste; San Juan, al oriente, y San Miguel, al sur. Sus construcciones eran mucho más modestas y, de acuerdo con las descripciones de la época, algunas tenían techos de paja.
La ciudad como espejo de su sociedad. Mirar aquella Córdoba de los siglos XVIII y principios del XIX permite comprender que una ciudad nunca es únicamente un conjunto de calles. La traza urbana refleja las relaciones de poder; los nombres de sus calles, la memoria de quienes la habitaron; sus plazas, la manera en que convivieron sus grupos sociales; sus mercados, la economía de todos los días, y sus iglesias, las creencias que dominaron la vida colectiva.
Por eso el actual Parque 21 de mayo no debe entenderse solamente como un espacio público del presente. Bajo sus árboles, en sus alrededores y en las calles que confluyen hacia él, permanece una parte sustancial de la historia de Córdoba. La ciudad ha cambiado de nombres, de gobiernos y de costumbres. Ha sustituido antiguas construcciones por otras nuevas y ha extendido su territorio mucho más allá de aquella pequeña villa colonial.
Pero existe una continuidad que conviene no olvidar. Córdoba nació alrededor de una plaza y durante siglos hizo de ella el centro de su vida.
Quizá por eso, cuando se pretende comprender el futuro de la ciudad, conviene mirar primero hacia su pasado. Allí están las huellas de una idea elemental de urbanismo: ordenar el territorio, concentrar los servicios, crear espacios de convivencia y hacer de la ciudad algo más que una acumulación de construcciones. La historia urbana de Córdoba no es, pues, un asunto de nostalgia. Es una advertencia para el presente. Porque las ciudades que olvidan cómo fueron construidas terminan creciendo sin saber hacia dónde van.
pibe91arturopimentel@gmail.com
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Referencias.
Naveda Chávez-Hita, Adriana y Enrique Florescano (coords.). Historia general de Córdoba y su región. Xalapa: Gobierno del Estado de Veracruz / Secretaría de Educación de Veracruz / Universidad Veracruzana. 554 pp., ISBN 978-607-502-286-4.
Rodríguez y Valero, Joseph Antonio. Cartilla histórica y sagrada de la villa de Córdoba. 1756.
Herrera Moreno, Enrique. El cantón de Córdoba. Apuntes de geografía, estadística, historia y comercio. Córdoba, Veracruz, 1892.


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