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20 octubre, 2026

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El valor de la vida, la razón y la educación, por Roberto Olavarrieta Marenco

ARTÍCULO EDITORIAL

El valor de la vida, la razón y la educación

Por Dr. Roberto de Jesús Olavarrieta Marenco

Parece obvio señalar la importancia, es decir el valor, de la razón humana pero he descubierto con un poco de sorpresa y cada vez con más preocupación, que el mundo no va como pensaba que iría cuando estudiaba arquitectura y en los primeros años de ejercicio profesional. Tampoco en los años en que estudié los cursos obligatorios para poder ser perito valuador certificado por la Comisión Nacional Bancaria; recuerdo que los tomé en varias partes de la república como Puebla, Acapulco y Ciudad de México, debido a que era parte de un pequeño grupo de arquitectos que, entusiasmados por ser valuadores más rápidamente, contra la oposición de los compañeros colegiados que en ese entonces acaparaban la valuación inmobiliaria de la región. Lo logramos y trabajamos intensamente en esa época, aunque sólo algunos siguen ejerciendo y uno de nosotros continúa hasta la fecha, en un negocio familiar de valuaciones profesionales.

El entusiasmo era grande, quizás la juventud ayudaba pero sobre todo, creo yo, era porque teníamos la impresión que el mundo iba siempre a mejor. Años después, el panorama se empezó a obscurecer, coincidiendo con más estudios de posgrado y con la globalización de la economía de los años ochenta del siglo pasado, así como con la aparición de la internet y el progreso de las computadoras, que derivó, años después, en la aparición de los celulares y las redes sociales.

Se descubrió que el planeta era limitado (recuerdo la foto de la Tierra tomada desde el espacio, que la mostraba por completo en su redondez perfectamente delimitada). Asimismo se empezó a evidenciar el cambio climático antropogénico, por lo que apareció la Agenda 2030 de la ONU y se estableció la fecha límite del 2050 como el año en el que se acabarían las condiciones para la vida humana si no éramos capaces de contener el calentamiento global, derivado de ese cambio climático. Pues bien, no parecen muy halagadoras las cifras de los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible, establecidos en la mencionada agenda. Por ello, comprenderá amable lector, cómo es que la tranquilidad de un mundo que parecía ir hacia mejores estadios de desarrollo con el entusiasmo de aquellos años, ha ido, cuando menos, menguando.

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Aunado a esto, encontramos ahora que valores como la solidaridad, la hermandad, la colaboración, la amistad y el amor al prójimo han perdido terreno, en parte por la velocidad y la saturación de información y el paradójico distanciamiento humano dentro de una sociedad hiperconectada pero en una economía que obliga a que todos los miembros de una familia trabajen y no convivan en su hogar.

Se ven obligados a comer fuera, y a comprar comida rápida ultrapocesada, apareciendo, entonces, la obesidad y la diabetes, haciendo estragos en la salud individual y social; el valor de la vida hogareña pausada que permite la convivencia, es destruido. Acompañado esto, por el uso excesivo e irreflexivo de las redes sociales, que por la cantidad de información proveniente de cualquier parte del mundo y la inmediatez de las reacciones individuales, provocan emociones incontroladas que enrarecen la convivencia y los valores humanos.

¿En qué momento se desvió todo? Me he preguntado mientras he vivido estos años posteriores a aquel entusiasmo de antaño; muchas explicaciones científicas están surgiendo, aunque no son atendidas y muchas veces son despreciadas.

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Las personas que basan su aprendizaje en la razón, en el pensamiento científico, reconocen que la incertidumbre es un océano con archipiélagos de certezas (Morín 1999); el problema es que las personas que lo basan en la fe y en el creer que pensar y decir lo que piensan es un valor suficiente como argumentar cuando no es así. Además está creciendo su número y por eso ganan elecciones y colocan a líderes de extrema derecha en el poder, que cuando lo ejercen destruyen avances sociales y culturales, afectándoles incluso a ellos mismos pero, como llegaron demasiado lejos y no son capaces de reconocer y enmendar y, sobre todo, de aprender, de los errores, no cambian. Cuando platican, sueltan sus argumentos con autoridad pero acusan a quienes difieren de sus opiniones, de autoritarios y polarizantes. Se brincaron la educación formal cívica, social y cultural, vía la familia y la religión, lamentablemente.

Ahora bien, ante tanto pesimismo siento la obligación de construir una visión optimista dentro de esta debacle para encontrar formas de ser felices todos. Recordando el concepto de autopoiesis* de Maturana, propongo algo, de valor quizás muy básico, sobre la vida:

¡Vive!

Es una instrucción de tu naturaleza,

no es necesario un propósito;

vive lo mejor que puedas

sin dañar a los demás ni al ambiente.

El ser humano, lo es, porque piensa y razona;

Su evolución lo lleva inexorablemente al triunfo de la razón, es decir a la ciencia.

El Arte, la manifestación más elevada de su cultura, le cuida y potencia sus emociones, así como la actividad física, su condición.

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Después de un largo pasado mágico religioso, sólo el amor lo podrá guiar a un destino glorioso y feliz, aquí en la Tierra.

De aprender no dejes nunca.

Referencias

La autopoiesis, acuñada por el biólogo chileno Humberto Maturana y Francisco Varela en los años 70, define a los seres vivos como sistemas moleculares que se producen y regeneran a sí mismos de forma continua.

Este neologismo, del griego “auto” (a sí mismo) y “poiesis” (creación o producción), postula que los organismos vivos son autónomos, auto-referenciales y estructuralmente cerrados:

  • Auto-mantenimiento: Una célula viva produce la misma red de moléculas que la constituyen, delimitando sus propios bordes (la membrana) y regenerando su estructura.
  • Sistemas cerrados a la información: Para Maturana, el entorno no determina los cambios internos del ser vivo; solo los detona o modula, dependiendo siempre de la estructura del sistema en ese momento.
  • El observador: La teoría argumenta que lo que distingue a los entes vivos de las máquinas artificiales (alopoiéticas, creadas para un fin externo) es su propia autonomía, un fenómeno validado por el observador.

El concepto original fue introducido en su icónica obra De máquinas y seres vivos y posteriormente ampliado en El árbol del conocimiento. Puedes explorar más sobre su impacto científico y filosófico en el artículo de la BBC Mundo Visión general creada por la IA (recuperada el 28 de julio del 2026).

Morín, Edgar 1999; Los siete saberes necesarios para la educación del futuro (UNESCO, 1999).

Templos de Arte

https://sic.gob.mx/ficha.php?table=museo&table_id=420

(Recuperado el 29 de julio de 2026)


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